Emancipación

Construyendo el legado del futuro

Iván López

2/9/20267 min leer

Hace más de veinte años decidí comprar una cámara mini dv y empezar a contar historias con la sana intención de buscar un sentido a lo que hacía en la vida. Eran los primeros años del siglo XXI y la revolución digital empezaba ya a dar sus frutos en internet. En esos primeros comienzos observaba los cortos de realizadores de todo el mundo que publicaban sus cortometrajes en la red al mismo tiempo que me empapaba de los grandes clásicos del cine de todos los tiempos.

Pude encontrar un refugio cinéfilo en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz en Tenerife, donde conocí a un cinéfilo de pro: "Tono", que me enseñó mucho, me inculcó su amor por el cine y  me impulsó a rodar mis pequeñas historias. Tristemente lo perdimos años más tarde (Tono, siempre estás en mis pensamientos allá donde estés). También me dio la oportunidad de viajar en dos ocasiones al Instituto de Cine en Cuba y visitar la Escuela de San Antonio de Los Baños, una de las mejores del mundo. Aunque ya había realizado dos pequeños cortometrajes de iniciación, la experiencia en Cuba me motivó para volver y tomarme un poco más en serio la idea de hacer cine. Era el año 2005.

Mi entusiasmo me llevó a prometer que algún día lograría dirigir mi propia película. Así que empecé a realizar cortometrajes con la idea de que esa fuera mi escuela. Me arruiné en el primer intento de producir mi propio corto pero con el tiempo volví a resurgir. Me formé y realicé varios con el sueño de que pudieran tener recorrido por festivales de todo el mundo. El Festivalito de La Palma en 2010 fue un punto de inflexión. Allí rodé en apenas una tarde y una noche el que aún considero mi mejor cortometraje: "Mientras Anochece". Obtuve algunos premios. Y los siguientes cinco años realicé una media de dos cortos por año. Por el camino dejé dos proyectos de desarrollo de largometraje que fracasaron así que pensé que quizá había llegado la hora de lanzarme al largometraje por mi cuenta.

Durante ese tiempo pensé mucho en que mis historias tenían que tener un componente que pudiera llegar al mayor público posible por lo que debían ser "vendibles". Me decían: "Iván tienes que aprender a venderte". Pasé por algunos laboratorios de guión que no me aportaron nada, elaboré proyectos con los que fui a mercados con la intención de convencer a productores y productoras a los que tenía que presentarles mi proyecto en apenas diez minutos. Perdí dinero invitando a estos productores a cenas con la ingenua idea de hacer una lista de contactos y poder avanzar en la mal llamada "industria", pensé que el camino lo marcaba el conseguir una ayuda o subvención y asistir a los corrillos, farándulas, reuniones y acontecimientos del sector para dejarme ver. Conocí a mucha gente pero realmente nadie de confianza y con el tiempo me di cuenta de que todo ese periplo se había convertido en algo inútil y vacío, una falsa realidad. Comprendí que de alguna manera nunca iba a ser bienvenido a ese círculo cerrado. Me sentí como un extraño. En esas ocasiones siempre me asaltaba a la mente una frase recurrente que me repetía continuamente: "¡Qué carajo estoy haciendo aquí!".

Cuando me lancé a dirigir mi primer largo de ficción decidí que debía contar una historia sencilla que llegara al publico en general y sobre todo que pudiera entender mi madre. Tras un coste psicológico que me dejó exhausto, logré levantarla con mucho sufrimiento pero mí película fue básicamente "secuestrada", perdí todo el acceso a ella en la distribución pese haber dedicado cuatro años de mi vida a sacarla adelante. La cuestión fue que firmé un contrato con cláusulas "estándar" de la industria absolutamente abusivas y quedé encadenado de por vida a él. Así que sufrí en mi propia carne lo que significaba ser un director novel y poco experimentado en la burocracia de la producción. Me sentí tratado como un objeto sin valor. Ni siquiera recibí una copia digital decente de mi película, esa para la que había dedicado cientos de horas tras largas noches sin dormir y sacrificando otros aspectos de mi vida. La realidad me golpeó con toda su crudeza. Quiero agradecer al equipo de personas que confiaron en mí y me acompañaron en el camino hasta el final: "los platónicos," con los que sin duda estaré en deuda toda la vida.

 Fotograma de mi primer largometraje: "Platón" (2018).

Intenté convencerme de que pese a que cometí muchos errores, aquello me había servido como aprendizaje, pero años después me volvió a ocurrir lo mismo aunque peor con otra productora. Con estas dos terroríficas experiencias descubrí lo tóxica, egoísta, ególatra, elitista, cruel, manipuladora, mundana, fría e hipócrita que podía ser la realidad del sector audiovisual cinematográfico en Canarias con el que tanto había colaborado en su día y también soñado. Me derrumbé, perdí toda la confianza en mí mismo y dejé de creer en todo lo que había construído hasta la fecha. Una época de mucha oscuridad en la que sufrí una ansiedad que me impidió levantar cualquier otro proyecto medianamente sólido por temor a que me ocurriera lo mismo.

Tras un largo y tortuoso tiempo sin poder ponerme detrás de una cámara y acuciado por el terror a volver a sufrir por ello, un día llegué a la conclusión de que me había estado engañando a mí mismo durante todo ese tiempo. Comprendí que debía volver a lo que había sentido la primera vez que decidí coger una cámara y olvidarme del valle de lágrimas por el que había deambulado al querer formar parte del sistema: la explotación del capital emocional y psicológico basada en la competencia desmedida y el ánimo mercantilista. Entendí que jamás podría competir en ese mundo que tanto daño me había causado. Entendí que no había sido la mala suerte o la culpa por mis malas decisiones sino que realmente no fui consciente de que en lo más hondo de mí, no quería pertenecer a ese mundo. No al menos de aquella manera.

Mucha gente se obsesiona con conseguir el éxito, el reconocimiento y la rentabilidad produciendo películas a través de caminos dirigidos y limitados para unos pocos elegidos. Estos pueden optar a pasar por la interminable y devastadora lista de condiciones que plantea la burocracia de las ayudas públicas o subvenciones y que fijan unos filtros competitivos para que las productoras luchen entre sí en una selva donde se busca el dinero público como el gran flotador al que agarrarse para mantenerse a flote (Creo que necesitaremos un barco más grande).

Unas ayudas que año tras año repiten a sus beneficiarios presenten lo que presenten y que se convierten en un coto privado para los que pueden permitirse pasar por esos filtros cuya única intención es la de mantener el statu quo imperante del sector y donde cualquier atisbo de protesta o reivindicación formal es aniquilada siempre por el silencio y la falsa meritocracia. Que conste, no estoy en contra de las ayudas institucionales, estoy en contra de su gestión y de lo que sus gestores consideran subjetivamente... qué es cultura subvencionable.

En el ámbito privado la situación se antoja similar: básicamente se limita al mercantilismo puro y duro y en la mayoría de las ocasiones en vender tu alma al diablo para conseguir lo que quieres a costa de un desgaste que en el fondo me hará sentir vacío al final del trayecto.

Un momento durante el rodaje del cortometraje "First Love" (2020)

Quiero dar mi inmenso agradecimiento de corazón a todas las personas que han formado parte, participado y colaborado en mis proyectos durantes estos años. Ellas siempre serán una gran parte de la esencia de esas historias. Ahora he llegado a una etapa que significa un punto y seguido. He decidido renunciar a todo lo que implica "el mundillo", he decidido no competir con nadie ni nada. He decidido que quiero seguir haciendo películas. He decidido que no voy a permitir más que nadie me diga que no puedo hacerlas porque debo cumplir unas condiciones y unos requisitos obligatorios y he decidido hacerlo intentando ser autosuficiente mientras pueda, plantando cara a este gran reto y buscando solo a aquellas personas que honestamente entiendan ese punto de vista y sobre todo, que sientan lo mismo que yo. Tarea difícil pero no imposible.

He decidido priorizar mis propias historias sin plantearme que fueran "más atractivas" o "comerciales" para el "mercado". He decidido no responder a presiones económicas, competiciones, pruebas de audiencia o a unas ayudas públicas injustas. Asumo que para ello, mis producciones abordarán un estilo minimalista y honesto de cara a conseguir la emancipación absoluta que me ayude a controlar todo el proceso creativo aunque eso suponga trabajar y esforzarme el triple.

Los avances tecnológicos han conseguido que esa emancipación de la que hablo sea posible a nivel técnico. Hoy es factible crear películas dignas con presupuestos más ajustados. Sin embargo, el precio a pagar es no estar bajo los focos (algo que ha dejado de interesarme cada vez más) y ser lógicamente , relegado a los márgenes. ¡No money, no party!. Repito: solo quiero... hacer películas y compartirlas.

En este nuevo ecosistema, el de los márgenes, es donde he vuelto a sentir las ganas de disfrutar de contar historias siendo dueño de mis propias decisiones. He dejado de sentir miedo porque ya no tengo nada que perder. Ese es ahora mi fin último: volver al origen, empezar de cero, pero esta vez con una mochila cargada de experiencia rumbo a esa total emancipación que genere un auténtico y genuino legado propio y libre de cualquier atadura siendo dueño de mi propio tiempo. Espero que la vida me lo permita y así sea.

¡Vamos a por ello!.