Rodar como terapia de vida
Se trata de contar historias
El cine como un no producto
4/4/20263 min leer


Como cualquiera que sueña con hacer cine, al principio, cuando comencé, soñaba con alfombras rojas, festivales, photocalls, saraos y todo ese tipo cosas. Pensaba que participando del “mundillo”, me labraría un futuro de contactos y buenas opciones para ir poco a poco y con esmero, labrándome un nombre en el sector. Me formé y adquirí muchísima experiencia en muchos ámbitos tal y como mandaban los cánones, y también conocí a muchas personas interesantes confiando plenamente en que la constancia y el trabajo, algún día, darían el fruto deseado.
Marqué como objetivo hacer una buena película, y a partir de ahí pensar que todo iría rodado. Presenté muchos guiones en mercados, en pitchs, laboratorios, concursos y ayudas varias pero nunca fraguaba nada. Pensé que quizás no tenía el talento suficiente que demandaban todas estas habilidades que el sector demanda y construye para filtrar el contenido. Al cabo de quince años pensé que quizá no estaba hecho para esto. La presión, la necesidad de agradar, de cumplir las reglas y espectativas que marca un sistema extremadamente competitivo, cerrado y muy elitista, acabaron por decantarme en tomar otro rumbo.
Después de muchas frustraciones decidí que quería alejarme durante un tiempo. Necesitaba curarme. Ese tiempo en soledad y reflexión me ayudó a cambiar mi perspectiva, sobre todo, la que te da la madurez y los objetivos que te marcas cuando pasas cierta edad y la mochila ya pesa bastante.
Había olvidado que para mí el cine había nacido para capturar la vida y no para capturar el dinero. Todo el mundo busca que su película sea rentable, que venda entradas o que tenga éxito en festivales y premios cinematográficos. La carrera es una competición para conseguir el mayor número de méritos para sentirse importante, exponerlo públicamente y sumar puntos para el siguiente proyecto y así labrarse una gran carrera que ayude a que recibas más apoyos y un estatus social.
Pese a conseguir varios hitos: sacar dos largometrajes adelante y tras casi veinte años de experiencia en el sector, me sentí más solo que nunca. Como si todo lo que había conseguido no sirviera absolutamente para nada. Quizás eso fuera tocar fondo después de que tus ilusiones se hubieran evaporado en la nada.
Fue entonces cuando pude reflexionar y empezar a construir desde cero. Tomé la decisión de crear un nuevo sello y abrir un estudio al que bauticé, El nido en el Ático. Un rincón para gestionar e incubar todas las ideas que había dejado en un cajón.
Opté por cambiar mi enfoque: la no necesidad, de presupuestos grandes, ni los métodos, ni los caminos que el sector y la industria imponían, y ser autosuficiente. A esto, muchos lo llaman ser un “Outsiders” y quizás desde un punto de vista sea cierto. Entendí que si se buscaba solo el beneficio económico, dejaría de ser un artista para convertirme en un vendedor de películas y sentí y descubrí que eso era lo que me había obstaculizado a sacar adelante muchas ideas.
Ser independiente significa tener la libertad de equivocarse, de experimentar y sobre todo de ser valiente. Mi único compromiso es con la cámara y las historias, con el pequeño equipo que me acompaña en los procesos y con el público que recibe mi película. No busco que mi cine sea un negocio, busco que sea un encuentro entre mi verdad y la del resto de las personas que quieran compartirla.
En el fondo siempre he querido hacer cine con la única necesidad de contar algo. Y a partir de ahora lo haré con lo que tenga a mano. Al final, lo que sobrevive no es el cheque que cobramos, sino el proceso, el camino y la emoción que logramos transmitir.
Contar historias con honestidad. El resto…es secundario.
Contacto
Conéctate con nosotros
Síguenos
Escríbenos
© 2025. All rights reserved.